Cuatro años después de haber estrenado esta página personal llegamos a la entrada número 440. Cualquier músico sabe, al primer golpe de oreja, qué es 440. Y esta entrada se refiere a eso, a una música cinematográfica, a uno de los motivos más bonitos, claros y evocadores que un servidor ha escuchado.
Los temas musicales evocan, insinúan o inducen nuestra atención, atrapándola como en un cerco y sugiriendo lugares emocionalmente reconocibles… pero no del todo explíctos. Esa especie de tesoro, ambiguo por un lado y claro por otro, viene a ser una de las joyas del mensaje musical: la evocación es una vivencia personal, pero el paisaje musical bien definido ya está ahí, lo notamos, lo percibimos con claridad. Es la razón por la cual el mensaje musical vinculado a la imagen es tan importante. La mayor parte de las buenas músicas hermanadas con la imagen tienen, para mi, un no sé qué que ya define de algún modo el contenido emocional de la secuencia, del momento cinematográfico o del núcleo central del argumento. No es nada fácil (y lo voy a decir otra vez): no es nada fácil. Pueden componerse o usarse fragmentos musicales más o menos adecuados, pero conseguir la esencia emocional de un lenguaje (el cinematografico), mediante otro enteramente distinto (el musical), no nos engañemos, es endiabladamente escurridizo, en buena parte porque no todos interpretamos el matiz de las emociones de la misma forma.
Disfruto con las bandas sonoras certeras, con los temas o los motivos musicales de las películas que han conseguido esa alquimia entre música e imagen. El desenfadado cachondeo de La pantera rosa, la calidez con que se expresa el drama de Días de vino y rosas, la alegría límpia de What’s new Pussycat, la grandilocuencia de cartonpiedra del comic del siglo XXI, La guerra de las Galaxias, , o esa sensación de ‘la frescura de lo cotidiano’ que transmite Amarcord, etc., todos esos temas son ejemplos de libro para mi.

Y pensando en esta entrada decidí incluir aquí una de las ráfagas musicales que más me han llamado la atención, la ráfaga maestra de James Bond, el sello de toda una saga de películas basadas en la acción, la tensión narrativa, la sensualidad y el imprevisto que pinta mal. Si he elegido esta ráfaga es por su brevedad – apenas dura unos quince segundos – porque transmite un mensaje muy certero – a mi entender – para la filosofía de fondo del fenómeno cinematográfico Bond. (Pulsar sobre el siguiente vínculo)
RAFAGA BOND

Las notas de la melodía giran en torno al acorde menor, pero están ordenadas de una forma especial. Además de la tónica y la tercera menor vemos aparecer la séptima bemol, la sexta mayor la cuarta aumentada y la séptima mayor, algunas de ellas saltando de octava. El equilibrio de la tríada simple del acorde menor salta por los aires. La presencia de la cuarta aumentada (el Fa #) sobre el acorde podría colorear el motivo melódico hacia el blues, pero por la propia lógica interna de la frase es percibida por el oído como una aproximación cromática, ya que le sigue un Sol natural. La resolución de la melodía pasa por la novena mayor y la sexta mayor en el primer fragmento y por la novena mayor y la séptima mayor en el segundo. Bien mirado, se trata de una cantidad/calidad de accidentes melódicos poco frecuente y gracias a la forma en que fueron ordenados quedan claras la habilidad y el sentido del equilibrio del compositor. No es fácil manejar esos intervalos melódicamente hasta conseguir un motivo cantable, reconocible. Y precisamente por la forma en que han sido manejados, esta ráfaga transmite una sensación de tensión no del todo resuelta, un poco hiriente, que parece alertarnos sobre una situación que genera expectativas. Dicho de otro modo, vendría a ser el anuncio de la expectativa en suspenso creada por ‘una acción que no acaba’, es decir trepidante. Es mucho decir para una motivo melódico de apenas quince segundos.

Diana Rigg, en mi opinión, una de las chicas Bond más acertadas. Enormemente fotogénica, se comía la pantalla e irradiaba una belleza natural impresionante .