PASEANDO A PEPE

No sé de perros. Y la cosa es que durante un par de días he tenido que cuidar y pasear a Pepe, por aquello de “te-ha-to-ca-do”.
Guiado por el instinto – el suyo – y por lo que hacen los dueños de los perros, me he dejado zambullir en un mundo completamente desconocido, extraño y nuevo: el de la relación perro-hombre (porque manda Pepe, por supuesto). Calle arrriba, calle abajo, calle a la derecha, rueda de moto, esquina, poste, árbol, señora que protesta por mi torpeza con la correa… y yo ¡sí buana! Primera sensación: esa tensión que se percibe en la correa, como cuando estás pescando y pican, un pálpito constante que trepa hasta tu mano. Y luego está el fascinante mundo de los rastros, un universo absolutamente ciego para mi e inacabable para Pepe. No sabes porqué de pronto se detiene, se paraliza y comienza a olisquear para seguir tirando hacia adelante, haciendo eses, con una seguridad y una determinación inquebrantables, como si su instinto siguiera caminos escritos en el agua de un mar de losetas grises. No quiero entenderlo, desisto. En la calle yo soy el ciego, él el lazarillo.
Con un poco de suerte otro día Pepe me sacará a dar una vuelta. Así lo espero.

El sábado pasado nos dejó el gran saxofonista Michael Brecker, tras bregar con una dura enfermedad durante un par de años.