
UNA HISTORIA DE PELI
A lo largo de muchos años, un músico había estado tocando el piano en uno de esos teatros de varietés, más bien popular y un poco demodé. Era un lugar donde solían acabar las juergas de los grupos de estudiantes, donde acudían los grupos de amigos para increpar a las vedettes o lanzar alguna que otra puya a más de un cantante un poco casposo (todo hay que decirlo). Nunca fue una sala de las de relumbrón, como el Folies de París y demás. Lo dicho, era, digámoslo así, popular.
Nuestro pianista había estado trabajando allí un montón de años, acomodándose a todas las situaciones musicales imaginables: coro de chicas gritonas ligeras de ropa, cantantes de zarzuela, humoristas groseros, ráfagas para subrrayar situaciones, éxitos del momento, etc. Y sabio él, había registrado una considerable cantidad de material musical, principalmente canciones, fondos más o menos ambientales y arreglos para cuadro escénico… enfín, las cosas ligadas al género.
Tras llegar el momento de su jubilación, más o menos sobre las fechas navideñas, año tras año el viejo pianista pasaba a cobrar sus derechos de autor, una pequeña renta que le proporcionaban algunas composiciones, que, modestamente, iban rodando de aquí para allá con escasa fortuna. El hecho es que unas navidades fui a cobrar mis derechos de autor (se pagaban aún en la ventanilla) y noté enseguida que el gallinero andaba revuelto porque acababa de ocurrir algo infrecuente. Nadie sabía como pasó, pero una de las canciones de nuestro viejo amigo pianista había ido a parar a Broadway. Y a algún productor musical debió atraerle aquella canción, porque finalmente fue incluída como parte de una de esas superproducciones enormes, tan ‘a lo grande’. Es un hecho sabido que cuando una producción no funciona en Broadway, rápidamente cae del cartel; y también la idea contraria, porque cuando una producción funciona puede mantenerse muchos meses, si no años, en la programación.
Así que nuestro viejo pianista pasó ese día por caja a cobrar sus ganancias anuales (apartado reproducción humana), y acostumbrado como estaba a las liquidaciones modestas, se llevó una sorpresa enorme al ver la cantidad de ceros que contenía la cifra del total a percibir. No supe nunca la cantidad, pero me comentaron que el abuelo llegó a sugerir que ‘aquello debía ser un error‘, vamos, que no acababa de creérselo. Luego ya sí, cuando le explicaron lo de Broadway entendió que la suerte le había sonreído por una de esas carambolas del destino. Tuvieron que sentarle en un sofá por miedo a que cayera al suelo, de la impresión.