¡CHICA…! ES QUE ME ENCANTA EL ZEN

“Oye.. que estoy aquí en la tienda que te dije y tienen unas cosas monísimas… Hay unos almohadones de meditación preciosos, unas esteras para la torre superchulas y unos Budas rojos, que están de oferta, a 6 euros, que son preciooosos… Claro, claro, me encanta el Zen…, es que no sé… es tan sencillo y tan chulo, tú, que te relaja, ¿no? Y todo el día con los críos p’arriba y p’abajo, con ese estrés, y ves que la casa como que te da la bienvenida, no sé… te deja bien, es como un remanso de paz que te da la bienvenida. Es que claro, los chinitos estaban antes que nosotros y eso se tienen que notar… Yo estoy encantada, tú, mi profe de Tai-Chi me dice que no me olvide de lo que me aporta, y que lo pase a los demás, sin cobrar, tú, con lo que cobra él… ya sabes. Pero es chulo, tú, una sensación de paz más bonita… Te tengo que dejar, Mariate, que voy a por los niños, oye, que tengo el Cherokee mal aparcado. Pero pásate por aquí, que hay unos Budas rojos a 6 euros que son una pasada. Te dejo, chata… ‘Taluegoooo!”
Si es cierto lo que dicen que es cierto, hubo una vez un hombre que buceó hasta las profundidades más insondables de lo humano para intentar encontrarse. Ese hombre llegó a la conclusión de que nos atamos al mundo a través de cosas supérfluas, innecesarias, y que la mente humana, a fuerza de repetir actos, es capaz de entender como normal lo más estrambótico, lo más superficial y estúpido.
Es increíble cómo las personas somos capaces de llegar a manipular las cosas. Hasta el punto de dar la vuelta enteramente a la realidad de la forma que más nos conviene. Nuestra capacidad de autoengaño es extraordinaria. Por si no nos habíamos enterado, ahí va el mensaje: “Chica, es que me encanta el Zen”







