
No tuve la suerte de conocerle – aunque hubiera querido – porque siempre he sentido una gran admiración por Joan Baptista Humet. Me gustan las buenas canciones, como me gustan las buenas historias. Si una buena historia bien contada ya es mucho, la buena historia bien cantada – estoy convencido- es una de las formas más directas de transmitir el contenido de una idea o un sentimiento.
Componer buenas canciones es muy difícil. Las palabras son como imanes y los imanes atraen, pero también repelen. Solo los grandes compositores de canciones son capaces de contemplar su trabajo desde varios niveles de profundidad. El silabeo tiene que encajar sobre la rítmica con naturalidad. El verso – como parte de la estrofa – no puede ser forzado, ni como palabra ni como idea. La narración, el discurso del mensaje a lo largo del tiempo ‘cantado’, es muy delicado, porque una palabra fuera de lugar, inapropiada, puede destrozar una canción. La melodía nos llega como una estructura con una lógica interna capaz de hacernos evocar, enfoca nuestra atención hacia un paisaje emocional evanescente que solo las palabras acabarán concretando. El encaje, el equilibrio entre el lenguaje hablado y el melódico-rítmico, es la prueba de fuego. Los ‘escuchadores’ son más listos y más sensibles de lo que algunos cantantes piensan y cualquier forma de distorsión en ese equilibrio se percibe enseguida como forzada. En dos palabras, componer una canción redonda, potente, definitiva, es dificilísmo.
Por encima de lo que es propiamente la canción está el punto de mira, el ángulo desde el cual el autor contempla y ‘traduce’ la realidad. Es uno de los aspectos que más me gustan de la obra de J B Humet. Es profundamente humano, no hace concesiones y habla desde la propia condición de persona. No se alía con ‘momentos históricos’ ni con opiniones sesgadas para pequeñas o grandes capillas. Es intemporal y por eso su mensaje vale para todos y vale para siempre. El estribillo de ‘Que no soy yo’ es una idea universal, que conecta con todas las personas de todos los tiempos. Y su forma de describir ‘el sentido de la identidad personal’, dicho de esa manera – sencillísima y muy profunda a la vez – nos muestra la verdadera dimensión de su talento.
No sé muy bien por qué, pero me quedo con la impresión agridulce de que Joan Baptista Humet debería ocupar el lugar – el verdadero lugar – que le corresponde como compositor de canciones. Aunque no siempre, pero sí a menudo, el tiempo reconduce las cosas a su lugar natural y ahí queda su trabajo, para quien quiera aprender cómo se hacen canciones como montañas.
QUE NO SOY YO
A veces pienso que aún tengo suerte
sin una perra y aún me divierte mi profesión,
desde una noche en la que Dios quiso
comprometerme con el hechizo de una canción.
Y ahora acabemos de ser sinceros
que a mi también me gusta el dinero, y la vanidad
pa’ no ser menos que mis amigos
que se conforman con un suspiro de libertad.
Y una lucecita que apenas se ve
cuando estoy a solas va diciéndome
que no soy yo, que aún no soy yo.
A veces pienso que lo más grande
de que dispone el hombre es el hambre de conocer,
que abrir un libro es abrir las alas
sobre las cosas que nunca acabas de poseer.
Y empiezas a edificar tu mundo
de las ideas en un segundo de intuición,
para acabar bajo los cimientos
esclavizando tus sentimientos a la razón.
Y una lucecita que apenas se ve
cuando estoy a solas va diciéndome
que no soy yo, que aún no soy yo.
A veces vibro con cualquier cosa
una mirada se me hace hermosa si mira en paz,
por un cachorro que se extravía
que así yo entiendo a mis alegrías, vaivén fugaz.
Y porque sufro y me pongo al lado
del oprimido y amordazado que echa a andar,
porque él ha hecho que el mundo gire
y hay que cantarle pa’ que no olvide su libertad.
Y una lucecita que apenas se ve
cuando estoy a solas va diciéndome
que no soy yo, que aún no soy yo
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Habrá que hacernos a la idea
que sube la marea
y esto no da más de sí.
Habrá que darnos por vencidos
y echarnos al camino
que no hay nortes por aquí.
Al sueño americano
se le han ido las manos
y ya no tiene nada que ofrecer,
sólo esperar y ver si cede
la gran bola de nieve
que se levanta por doquier.
Hay que vivir, amigo mío,
antes que nada hay que vivir,
y ya va haciendo frío,
hay que burlar ese futuro
que empieza a hacerse muro en ti.
Habrá que componer de nuevo
el pozo y el granero
y aprender de nuevo a andar.
Hacer del sol nuestro aliado,
pintar el horno ajado
y volver a respirar.
Quitarle centinelas
al parque y a la escuela:
columpios y sonrisas volarán.
Sentirse libre y suficiente
al cierzo y al relente
mientras se va dorando el pan.
Hay que vivir…
Habrá que demoler barreras,
crear nuevas maneras
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
Darles a nuestros hijos
el credo y el hechizo
del alba y el rescoldo en el hogar.
Y si aún nos queda algo de tiempo
poner la cara al viento
y aventurarnos a soñar.
Hay que vivir…