Al parecer la palabra azar proviene del árabe andalusí, que a su vez deriva de una raiz del árabe clásico cuyo signaficaco es dado, ‘lo dado’, en el sentido de lo que es manifiestamente de un modo y solo de ese modo. Viene a representar lo impredecible ya que como tal, el azar tanto puede resultar beneficioso como perjudicial. Hay invocaciones cristianas que guardan una relación de lejanía con el influjo impredecible del azar. Se bendice a los niños para introducirles en el cristianismo, es decir en el camino del bien. Benedicto – bendecido – viene a ser ‘biendicho’ en el sentido literal, un significado un poco ambiguo si se mira aisladamente, pero muy claro si lo comparamos con su contrario maledicto, es decir maldito. De benedicto deriva bendición y bendito; de maledicto, maldición y maldito. Visto desde este lado, el bautismo vendría a ser como una especie de coraza protectora del influjo negativo, del humano y de cualquier otro.
Hasta hace poco tiempo los criterios de certeza, verdad y coherencia eran elementos esenciales del mundo científico. La sistematización del saber llevaba consigo el establecimiento de leyes que fijaban defintivamente aspectos concretos de la realidad, puntuales o globales, microcósmicos o macrocósmicos. La ley de la gravitación es universal y por su propia coherencia interna es inmune al azar. Nada que sea rigurosamente científico admite al azar como compañero de juego. En muchos sentidos la visión que el hombre moderno tiene del mundo proviene del pensamiento racional, científico, y probablemnete la historia de nuestros últimos mil años es también la historia del asentamiento pualatino de una percepción del mundo cada vez más científica y menos mágica (menos sujeta a la influencia de lo impredecible, es decir del azar). Pero las cosas están cambiando de rumbo.
En alguna entrada de esta misma página he comentado el impacto que me produjo una miniserie de divulgación científica titulada ‘El Universo elegante’. Nunca, nadie, me había explicado los conceptos importantes del mundo cuántico con tantos elementos de referencia. Descubrí entonces que en realidad hay dos mundos, el macromundo y el micromundo (y micromundo, para este caso, significa muy micro). En ese micromundo ocurren cosas tan rotundamente extrañas, impredecibles e incomprensibles que nuestros conceptos de coherencia científica, lógica y sentido común acaban haciéndose añicos. Lo que entendemos ahora como racionalidad no sirve para nada en la realidad cuántica. En ese mundo, suena un timbre y después se aprieta un interruptor. Puede que algún día lleguemos a comprenderlo, pero hasta donde he averiguado, de momento no hay forma de ponerle el cascabel al gato.
Este giro en la percepción del mundo ha llevado a los defensores del ‘azarismo’ hasta extremos impensables. Y no es que personalmente niegue la existencia del azar, más bien al contrario, de una forma u otra siempre me ha atraído. Pero no hasta el punto de interpretar la realidad como si fuera una mota de polvo a merced del viento. Un científico de renombre inventó una anécdota que resumía la situación: “Esta mañana al salir de casa, he visto un coche con la matrícula UM-54764, fíjate ¡qué increíble casualidad !, la probabilidad de que pudiese toparme con esa matrícula es ridículamente pequeña” Y sin embargo la posibilidad de atrapar a un ciclista por el pescuezo, al vuelo y sin quererlo, por remota que parezca, existe.
