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PARLAMENTO EUROPEO – 2009 – NO VOTARÉ

24/05/2009

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Me asombran los anuncios publicitarios, las campañas para la captación del voto en las próximas elecciones al parlamento europeo. Se nos trata como si fuésemos estúpidos, cortitos de entendederas, como si no estuviéramos viendo con nuestros propios ojos las grietas de un modo de hacer política que es, como mínimo, obsceno.
Hasta donde he podido entender, la crisis que arrastramos viene a ser la mayor debacle económica de la historia. Lo dicen los propios jefes de gobierno, o sea que habrá que creerles.
Si no me equivoco, los acontecimientos que han devastado las economías nacionales provienen de un suprapoder que anula las legitimidades, las soberanías. Hoy por hoy, nadie en su sano juicio puede ya afirmar que la ’soberanía’ de un país sirva para algo. Un país depende ahora de su relación con un macropoder económico que le trasciende, le supera. Y esto es lo que hay. Llamemos a las cosas por su nombre.
Pretender que el ciudadano de a pié no se haya dado cuenta de un asunto de esta magnitud es de una ingenuidad cautivadora. Porque posiblemente sea esta la primera vez en la historia en la que el velo de la manipulación perversa, celosamente ocultada hasta ahora, ha caído por su propio peso. Se quiera aceptar o no, el momento que estamos viviendo es un ‘hasta aquí hemos llegado’. No se ve una solución de continuidad, al menos de momento, y si la hay nadie la ha explicado claramente.
Esto no es solamente una crisis económica, es la punta de un iceberg que podría generar problemas terribles en el futuro si las cosas no se reconducen con cordura y equidad (conste que me gustaría equivocarme). Modelo agotado.
Lo que estamos viviendo es un revulsivo, un motivo que debería hacernos reflexionar – a todos – en nuestra manera de encarar las cosas: no sirve sentirse rico y exultante cuando las cosas van bien, y cuando van mal… pues nos vamos a la CGT, que son muy reivindicativos,  y ya nos ayudarán a montar un buen  follón (en menos de un año, ¡todos anarquistas de un plumazo!) Las cosas ya no pueden seguir por este camino. Nos guste o no el mundo se ha hecho muy pequeño y un estornudo en Pekín resuena en La Coruña.
¿Cómo voy a votar en las elecciones al parlamento europeo.. ? Un montón de edificios, cargos, burocracias, cerebros pensantes, sueldos, etc… y nadie fue capaz de parar el sunami, ni la incertidumbre que colea. ¿Por qué razón tengo que confiar en ese organismo?..  si me ha demostrado con sus omisiones una ineficacia que clama al cielo. Yo, desde luego, no votaré. ¿Cuál es el asunto…? ¿No hay forma de hacer política, BIEN…?

LA HISTORIA DEL COLOR PÚRPURA

18/05/2009

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Abrasado por la fiebre y sediento a morir, un nativo de una tribu sudamericana vagaba por el campo buscando agua para aplacar los síntomas de su enfermedad, la malaria. Se dice que encontró una charca que había al pie de unos árboles y aunque el sabor del agua era fuertemente amargo, sació su sed y se refrescó, aún a riesgo de estar intoxicándose; prefirió el alivio momentáneo, aunque pudiera ser la causa de su muerte. Poco después no solo empezó a sentirse mejor, sino que acabó sanando completamente. Los nativos del lugar localizaron la charca y vieron que estaba rodeada por unos árboles que ellos llamaban ‘quina-quina’. En realidad el nativo enfermo de malaria había ingerido una buena dosis de quinina, un poderoso antimalárico de origen natural.

En 1856 un joven químico llamado William Perkin se hallaba en su laboratorio intentando encontrar un camino que le permitiera la síntesis de la quinina, estimulado por uno de los pesos pesados de la Química, A W Hofmann. Hay que decir que el empeño por conseguir la quinina sintética, en el laboratorio, tenía una poderosa razón de ser ya que la malaria ha causado más muertes que la suma de las víctimas habidas en todas las guerras a lo largo de la historia.

Los intentos de Perkin estaban siendo muy desalentadores. Había partido de un alquitrán de la hulla, un producto residual barato que provenía de la industria del acero. Pero finalmente solo obtenía unos productos pegajosos, de densidades raras y coloraciones extrañas. En uno de estos intentos fallidos – habiendo partido esta vez de la anilina – la sustancia final del experimento resultó ser un sólido negro de aspecto bastante desagradable. Desalentado de nuevo, comenzó a limpiar el frasco que contenía la sustancia negra y enseguida se dio cuenta de que el agua residual adquiría un color morado. También se coloreaba el alcohol.

William provenía de una familia adinerada. No tardó en darse cuenta del potencial inmenso que tenía entre manos. Hasta ese momento, la única forma de conseguir un tinte púrpura era triturando una pequeña caracola marina, murex brandaris, poco corriente. Y había que triturar 9000 caracolas para conseguir un gramo de tintura púrpura natural. El precio de ese gramo de tintura era astronómico, hasta el punto que solo los reyes o las muy altas jerarquías podían permitirse el lujo de vestir ese color (purpurado, es una forma de referirse a los cardenales). Así que Parker patentó el invento y, con la ayuda de su familia, puso en marcha una industria boyante que le enriqueció muy rápidamente. La tintura sintética de color púrpura fue el primer colorante industrial. Y no deja de ser curioso, que el más apreciado de los tintes de la historia fuese el primero en ser obtenido en un laboratorio y usado industrialmente.

(Fuente: curiosidades, Internet. Foto: WIKI)

ZUBIAN – ETIMOLOGÍA NAVAL

15/05/2009

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Como es bien sabido por quienes siguen los contenidos de esta página web, dos compañeros guitarristas y yo hemos grabado un CD, bajo el título de ZUBIAN, una palabra que en euskera significa ‘en el puente’. Pero resulta que buscando, buscando, descubro que la palabra tiene también una historia naval.

Durante la primera guerra mundial, la armada inglesa, la Royal Navy, había decidido bautizar una línea de destructores navales con el nombre de algunas de las tribus que estaban, o estuvieron, bajo sus dominios, (seguramente, una reminiscencia del soberanismo anglosajón del siglo diecinueve). Uno de los barcos de esa flota se llamó Zulú, y otro Nubian. Pero ambos fueron parcialmente destruidos por el enemigo. El Zulú solo conservó la parte delantera y el Nubian la parte inferior y la trasera. Así que los ingenieros navales decidieron reconstruir un destructor enteramente nuevo usando los bloques – los sobrantes – de los navíos inutilizados. Una vez conseguido su propósito, el barco resultante fue bautizado uniendo la mitad de los nombres originales: ZUlú + nuBIAN = ZUBIAN.

EL VACÍO Y LA NADA

12/05/2009

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Los avances en la Física moderna están abriendo puertas insólitas, insospechadas, que retan una y otra vez aquello que ‘los de a pié’ llamamos sentido común. La percepción del mundo, de la realidad, el esquema mental clásico que podamos haber construido de ‘lo que existe’ se está viniendo abajo, se desploma. Y no porque esa imagen mental de lo que es el mundo no sirva – que sirve, porque es sólida – sino porque esa es solo una parte, un ancla que nos fija firmemente al suelo (siempre que no abandonemos nuestras dimensiones humanas). Además de nuestra realidad más mundana, existen, físicamente, un más allá p’arriba y otro más allá p’abajo, dos ultramundos de dimensiones colosales ante los cuales los prefijos mega y micro se quedan ridículamente cortos. A medida que aprendemos más nuestro antropocentrismo, pretencioso las más de las veces, sufre nuevos batacazos.

La lectura de un interesante artículo de divulgación me ha hecho cavilar, más de lo que esperaba, sobre el vacío y la nada. El texto comienza así:

“Saquemos los muebles de la habitación, apaguemos las luces y vayámonos. Sellemos el recinto, enfriemos las paredes al cero absoluto y extraigamos hasta la última molécula de aire, de modo que dentro no quede nada. ¿Nada? No, estrictamente hablando lo que hemos preparado es un volumen lleno de vacío. Y digo lleno con propiedad. Quizás el segundo más sorprendente descubrimiento de la Física es que el vacío, aparentemente, no es la nada, sino una substancia. Aunque no como las otras… “ (Extraído de un artículo de Álvaro de Rújula, publicado por El País el 24/09/08)

Intento resumir la línea argumental del artículo, para no reproducirlo totalmente.
A principios del siglo XX, Einstein pensó que el universo era estático, y esto le intranquilizó, porque de ser así la fuerza de atracción entre las galaxias acabaría provocando finalmente un colapso gravitacional (toda la materia del universo acabaría condensada en un punto). No sé si por intuición o por prudencia, decidió entonces incluir en sus ecuaciones una Constante Cosmológica, que, si no he entendido mal, acababa con el fantasma del colapso.
Años después un físico llamado Edwin Hubble (como el telescopio espacial, de ahí su nombre), demostró que las galaxias, a medida que transcurría el tiempo, se alejaban unas de otras siguiendo el modelo de lo que se ha dado en llamar ‘efecto bengala’. Y eso significaba que el universo estaba en expansión. El artículo de Álvaro de Rújula especifica que investigaciones recientes parecen demostrar que el universo está en ‘expansión acelerada’, y usa una analogía certera para diferenciar entre la mera ‘expansión’ y la ‘expansión acelerada’: el desplazamiento de una flecha no es el mismo que el de un cohete, porque la flecha es movida por la inercia y el cohete es impulsado por una fuerza activa y constante, no residual.

El párrafo que me ha sorprendido más ha sido este: “La galaxias no se fugan, están ya estabilizadas por su propia gravedad y tienen un tamaño fijo. Pero el espacio (o el vacío) entre ellas se estira”. (…????)

Pero volvamos por un momento a la habitación ‘vacía’. Si realmente las cosas son como parece que son, en esa habitación existe ‘la substancia del vacío’, una densidad de energía que se asocia ahora con la Constante Cosmológica de Einstein. Tiene que ver con la ‘energía oscura’ – por lo difícil que es demostrar su existencia – y si los modelos que se manejan ahora son ciertos, la expansión del universo se debería a la existencia de estos ‘depósitos de energía del vacío’. Al ser de carga negativa se repelerían mútuamente, y esa fuerza de repulsión sería la causante de la expansión del universo. En el fondo no dejan de ser generadores de espacio-tiempo, puesto que es imposible concebir tiempo y espacio aisladamente. Y esto me ha dejado planchado, porque aunque es más que posible que haya conceptos que no haya entendido bien, la sola idea de que un mecanismo natural genere dimensiones en estado puro, espaciotemporales, me desorienta, porque vendrían a ser como ‘nidos de existencia’

De modo muy gráfico, el articulista explica qué es lo que van a hacer en el LHC: puesto que todas las sustancias vibran al ser sacudidas y el vacío es también una ‘sustancia’, los científicos van a sacudir el vacío para que genere vibraciones, que a su vez provocarán colisiones entre partículas, que a su vez, quizás…, provocarían la aparición del bosón de Higgs. De ser así, ya no habría discrepancias entre la Relatividad de Einstein y la mecánica cuántica. Y como consecuencia, las cuatro fuerzas que mueven el universo quedarían unificadas bajo una sola fórmula.

El capítulo 11 del Tao Te King comienza de esta forma:

“Treinta radios convergen en el centro
de una rueda,
pero solo el vacío
hace posible la utilidad del carro.”

Lao Tse (siglo IV A.C.)

El viejo ‘Orejas de ciruelo’, en un golpe genial de intuición clarividente, señaló con el dedo en la misma dirección hace dos mil cuatrocientos años.

(Gracias a M F, por hacerme llegar este artículo tan estimulante).

¿PARA QUÉ SIRVE LA MÚSICA?

7/05/2009

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Estoy leyendo dos libros a la vez, distintos, pero de alguna forma complementarios. Uno es ‘Musicofilia’, de Oliver Sacks y el otro ‘La música y la mente’, de Anthony Starr. Como músico siempre me ha interesado el hecho musical, el fenómeno, y más concretamente esa especie de ’sensación de plenitud’ que a uno le colma cuando escucha una música que le gusta, que le atrae o simplemente, que le hace la vida un poco más llevadera en los momentos poco fáciles.
Es curioso, pero tanto Starr como Sacks abordan directamente el tema partiendo de la misma idea: desde el punto de vista biológico, de la pura supervivencia, la música no sirve para nada. Y bien pensado hay mucha verdad en esa afirmación, ya que no necesitamos la música como necesitamos el agua, los nutrientes o los minerales; podríamos sobrevivir perfectamente sin la música. Sin embargo todas las culturas de todos los pueblos, ya sean arcaicas, remotas o contemporáneas han desarrollado espontáneamente formas de expresión musical propias. Con un sentido u otro, mágicas, rituales, iniciáticas, sociales, religiosas, festivas, etc., pero músicas ‘humanas’ finalmente.
No puede ser casual: es descubierta una nueva tribu en pleno corazón de la Amazonia e inmediatamente aparecen las ceremonias, impensables sin la música (lo más frecuente, ritmo y melodía como soporte de una danza que forma parte de un ‘algo’ importante para el grupo). Hasta donde he conseguido averiguar, no existe una sola cultura que desconozca o ignore la música. Y eso significa que algo dentro de nosotros la crea, la exterioriza y la socializa. En mayor o menor medida los humanos somos seres musicales.

Los tres elementos fundamentales de la música son el ritmo, la melodía y la armonía. Personalmente, creo que en la evolución del desarrollo musical aparecieron en este orden, por pura lógica. Los ciclos naturales, el goteo de la lluvia al caer, un tronco que queda anclado en un estanque a merced de la corriente, etc…, generan secuencias de ritmo, pautas sonoras espontáneas que atraen la atención porque el oído las percibe como batidos regulares en el tiempo. Por otro lado, los trabajos que requieren una secuencia de movimiento repetitiva son siempre más rentables – desde el punto de vista del rendimiento del esfuerzo – si se realizan siguiendo pautas rítmicas (golpear, lijar, serrar, o simplemente algo tan cotidiano como rascarse). El gesto repetitivo, si es rítmico, optimiza la energía invertida. Probablemente muchos de los ritmos arcaicos surgieron del campo sonoro generado por el trabajo.
Podríamos imaginar una situación en la que un grupo de humanos primitivos está fabricando útiles de piedra. Varios sonidos cíclicos se superponen en un conglomerado disperso, sin continuidad rítmica; pero en un momento determinado dos secuencias de ritmo se complementan, encajan formando un patrón complejo que atrapa enseguida la atención de los picapedreros. El ritmo no es otra cosa que la división del tiempo en fracciones exactas, siguiendo pautas lógicas que nuestra intuición reconoce enseguida como relacionadas. Pero si ocurre de este modo es porque algo en nuestro interior, un mecanismo biológicamente atento y activo, está preparado para reconocer el mensaje. De no ser así seríamos inmunes a los efectos del ritmo, como seríamos incapaces de expresarlo. La ceguera rítmica nos impediría, por ejemplo, el baile.

La melodía en su estado natural más primario es el canto de los pájaros. Se me hace difícil imaginar la evolución, en los humanos, de la complejidad que comporta la organización de los sonidos en un todo continuo, con sentido por sí mismo. Desde el sonido gutural ritmado hasta la línea melódica clara, definida y deliberadamente expresiva, pueden haber transcurrido miles de años, aunque no estoy cualificado para opinar sobre esto. Lo que si parece claro es que las comunidades más primitivas utilizan patrones melódicos repetitivos, sencillos, basados en sonidos fundamentales de la escala usando a menudo notas, intervalos, próximos a la tónica. De ahí a la escala temperada hay un trecho muy largo que recorrer, y seguramente la inclusión de los semitonos Mi-Fa, Si-Do en nuestra escala occidental está mucho más cercana en el tiempo de lo que podamos imaginar. Si como humanos tenemos una edad aproximada de unos treintamil años, la aparición de la melodía, tal y como la entendemos ahora, debe haber sido una adquisición bastante reciente.

Y finalmente la armonía, el tercer elemento esencial – y más reciente – de la música, que rompe con la monotonía de la melodía plana, permitiendo la entrada de ‘aire musical fresco’ en el discurso. Con la aparición de la armonía se hace posible la creación del paisaje, de la atmósfera sonora, y gracias a ella los recursos musicales se potencian. La misma nota melódica sobre un fondo armónico cambiante adquiere nuevos significados; para mí se trata de uno de los logros de la condición humana, ya que un solo elemento sonoro puede llegar a transmitir una cantidad enorme de matices. Al llevar esta idea al extremo, a una gran orquesta con múltiples fuentes simultáneas de sonido, las posibilidades son extraordinariamente grandes, y desde este punto se entra en lo que podríamos llamar lo musicalmente ‘contemporáneo’, aunque ‘eso’ tenga solo unos cuatro siglos de antigüedad, si es que llega.

Imaginemos por un momento cómo debía ser el paisaje sonoro de un humano hace treintamil años. Un caos desordenado de fuentes sonoras que provenían del medio natural, un cúmulo de sonidos – de frecuencias – que abarcaban desde el sordo y profundo temblor de tierra hasta el zumbar de las cigarras, pasando por el rayo y el canto del gallo (si es que los había). Treinta milenios después, hemos organizado la música en bloques ordenados de sonido – en rangos de vibraciones – por instrumentos, que tienen una función específica y clara. Una coral, una banda de rock, un cuarteo de cuerda y una orquesta sinfónica son el resultado de una organización lógica que maneja ordenada y creativamente los espectros de frecuencias que cada instrumento puede producir. Cada una de estas formaciones musicales maneja timbres, tonos y matices dentro del rango físico que le corresponde. Pero todas ellas usan el material más primario del sonido: las frecuencias que emite la materia vibrante del instrumento. Todos los músicos sabemos que al sonar varios instrumentos simultáneamente se produce un efecto físico de concordancia que estimula, provoca la aparición espontánea de una nube de frecuencias asociadas, de armónicos, que surgen por simpatía, generados por la suma de las frecuencias simultáneas ’sin que ningún músico las toque físicamente’.
Cualquier persona que haya tocado en un grupo, no importa si es una orquesta sinfónica o un sencillo trío, conoce bien esa sensación interior que le está diciendo: ‘ahora sí, esto es un todo compacto que existe por si mismo’; en ese momento los tres factores esenciales de la música han cobrado vida: el ritmo, la melodía y la armonía son una misma cosa, y la sincronía entre estos tres elementos ha acabado conformando un bloque sonoro sólido, compacto, que transmite un mensaje directo y clarísimo cuyo contenido e intencionalidad no admiten dudas.

Hasta hace poco tiempo, un servidor pensaba que la apreciación, el disfrute de la música se debía principalmente a dos factores. Uno era la sensibilidad individual – no todo el mundo es sensible de igual modo a la música, como no lo es a la pintura, etc – y el otro el entorno cultural de cada cual – raramente una persona amante de la música balinesa puede disfrutar, a la primera escucha, con Mahler, por ejemplo – Pero últimamente algunas lecturas recientes me han llevado a considerar muy seriamente otra posibilidad: la del oyente-materia. Quizás de una forma ingénua, a lo largo de años he estado anclado en la idea de que la música era solo una cuestión de oído. Pero la experiencia me dice que alguna gente que he conocido, no solo no tenía oído musical, sino que sus dotes naturales para la música eran prácticamente nulas. Y sin embargo he podido ver con mis propios ojos como esas personas disfrutaban de la música como el que más. No es solo una cuestión de oído, hay algo más, aunque yo no pueda definirlo con precisión.

Creo que está claro que a lo largo de una evolución de milenios hemos acabado desarrollando un mecanismo interno – muy refinado y complejísimo – que hace posible el disfrute de la música. Como lenguaje, puede llegar a ser extremadamente escurridizo, difícil de manejar y – aún más – de expresar. Y sin embargo, siempre me ha sorprendido ese sexto sentido, esa facultad que permite a una persona con poca – o nula – formación musical detectar muy rápidamente la ‘verdad musical’, por decirlo de una manera rápida. Algo ocurre que va ‘más allá’.

Como consecuencia de las lecturas que me han atrapado últimamente, y aunque quizás este sea un atrevimiento por mi parte, estoy pensando en la posibilidad de que las frecuencias – y sus múltiplos – hagan vibrar nuestra materia – no en sentido metafórico, sino literal – con un refinamiento y una profundidad tales que ni tan siquiera podemos llegar a imaginar. El sonido es una forma de energía, son vibraciones concordantes que a su vez producen vibraciones, que a su vez… y cada vez son más altas, más penetrantes… Que no podamos oir algunas de esas frecuencias, más graves o más agudas, no significa que no existan, y bien podríamos percibirlas ‘de otra forma’ ya que somos materia vibrante, como todo lo que existe. A estas alturas no creo que nadie con buen sentido pueda negar que las personas somos capaces de captar energías muy sutiles, aunque de momento, por no tener, ni siquiera tienen nombre. A eso me refiero, a un mecanismo interno capaz de detectar hasta las sutilezas más inimaginables. Quizás me equivoque, pero la diferencia entre escuchar, oír música y ’sentir’ la música ha de tener una explicación. Hay algo más – me temo que mucho más – de por medio. No me refiero a la evocación que proviene de la memoria, de lo que ‘ya sé que me gusta’, me refiero a algo que no has escuchado nunca y te deja de una pieza la primera vez que lo oyes.

Yo no tengo una respuesta clara a la pregunta ¿para qué sirve la música?, pero si sé para que me sirve a mí. ¡Y vaya si me sirve!

ÁNGEL PESTAÑA, CLARIVIDENCIA HISTÓRICA

3/05/2009

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Compré este libro en una librería de viejo atraído por el nombre de su autor, Ángel Pestaña, un anarcosindicalista por cuyas ideas siempre sentí curiosidad, pero nunca había tenido en mi mano un libro escrito por su puño y letra. “Pestaña fue invitado a la URSS en 1920, representando a la CNT en el II Congreso de la III Internacional y las sesiones preliminares de la Profintern, conociendo allí a Vladimir Lenin, León Trotsky, Grigory Zinoviev y otros líderes bolcheviques “(Wiki). “Setenta días en Rusia: Lo que yo pienso”, es una reflexión global, detallada, de su estancia en la URRS, y aquí expresa los puntos muertos que intuyó como problemáticos – o incoherenetes – en la entonces naciente construcción del entramado estatal y social soviético.
Pestaña era muy crítico con la organización y sistemaización de las ideas de los entonces llamados ‘bolcheviques’, por considerar que se estaba gestando un sistema jerárquico muy férreo, que diezmaba las libertades individuales y colectivas de los ciudadanos rusos en nombre de la propia revolución, una contradicción que – se desprende del texto – ‘le dolía’.
No soy un especialista en el tema – complicado donde los haya, según puedo ir deduciendo de la lectura – pero pienso que Pestaña tuvo una gran valentía aceptando las verdades tal como son, mientras mostraba un conocimiento intuitivo del comportamiento humano que solo puede provenir de la sensatez y el sentido común, si no me equivoco, el combustible de la inteligencia.
Solo quiero reproducir un fragmento de este libro, para que cada cual saque sus propias conclusiones:

“Así, por un lado, tenemos que la especulación ha dado lugar a una fauna especialísima; la del parásito que explota aún más que el comerciante las necesidades humanas; y por otro lado la corrupción e inmoralidad de las costumbres. El ambiente de engaño y superchería en que se educa a la juventud, a quien la necesidad obliga a buscar en la especulación un suplemento al racionamiento del gobierno, ha de ser fatal más tarde, cuando estos niños, hechos hombres, entren en la vida y en la plenitud de los derechos. Los vicios adquiridos se manifestarán más o menos en sus acciones, y la bajeza moral que es su característica predominante, se manisfestará, velada unas veces, crudamente las otras; pero se manifestará recordándonos las trágicas y angustiosas horas que vivió el heróico y sufrido pueblo ruso por causa de la incapacidad de quienes se erigieron en sus gobernantes”

Este párrafo está escrito hace más de ochenta años y para mi es una predicción certera. No es un secreto para nadie que la élite de la sociedad privilegiada de la Rusia actual ha caído atrapada por el culto grosero al concepto más primario de la riqueza. La ostentanción vácua, provinciana, de nuevo rico, ha hecho posible la proliferación de un consumo elitista y voraz, solo restringido a un núcleo de temibles acaparadores que han perdido la sensibilidad social, la sensatez y la vergüenza, como si sus padres y sus abuelos – maltratados durante generaciones – no hubiesen existido jamás. Ángel Pestaña lo vio claro. Y lo pronosticó casi un siglo antes de que ocurriera.
No es verdad, no todos los anarquistas llevan una bomba debajo de la gabardina. Algunos incluso, piensan de forma certera y hasta adivinan el futuro. Porque no se mienten a si mismos.