
Siempre había oido decir que los caballos son inteligentes y sensitivos. A través de las lecturas o de experiencias ajenas, una y otra vez iba afianzándose en mi interior una curiosidad que necesitaba ser satisfecha, de primera mano, sobre si realmente esa sensibilidad equina era tan potente como se decía. No sé nada sobre caballos y no he tenido nunca contacto con ellos, así que el asunto quedó en espera durante años.
Un día de Navidad, un payaso extraordinario – Tortell Poltrona – necesitó un guitarrista/sustituto para un pequeño espectáculo circense. Era una cuestión de lo toma o lo deja. Y yo acepté el trabajo, aún sabiendo que el mundo del músico del circo, para mí, era extraño. Actuamos y las cosas fueron razonablemente bien, aunque yo pienso que no supe ocupar un lugar que, por trayectoria personal, sentía como extraño. Pero este no es el asunto, lo importante – como suele ocurrir aveces – surgió del imprevisto.
En un momento del espectáculo, Tortell Poltrona anunció al público más joven la presencia de un caballo que iba a ser simplemente mostrado a los más pequeños para que lo viesen de cerca y recibieran, como experiencia personal, el impacto de un animal con esa presencia y ese magnetismo. He de confesar que a mi aquello me pareció un poco pobre, ese ‘enseñar el caballo a los pequeños’…, no sé, como que se me hacía un poco triste. El caballo andaba por allí, como un ser pasivo, dando vueltas a la pista.. pensé… ¿Y nada más? Pero resulta que yo no sabía nada acerca de ese número del espectáculo, y un instante antes de presentar al caballo, Totell Poltrona me había dicho, a bocajarro: ‘Toca algo, que va a a salir el caballo! La mente tiene recursos, mecanismos que funcionan aveces a la velocidad del rayo, y yo, sin pensarlo dos veces, empecé a tocar unos acordes evocadores, colgados con mucho cuidado, puesto que los focos habían creado una atmósfera etérea, acogedora y serena. Supongo que algo en mi interior me empujó a tener en cuenta el lado ’sensitivo’ de los caballos como lo más importante, aunque no hubiese mantenido nunca ningún tipo de proximidad con ellos. Y así pasaron unos cuantos minutos, el caballo deambulando por la pista central y yo rasgueando unos acordes con cuidado, intentando conciliar como buenamente podía la música con una atmósfera que era totalmente nueva para mi. Hasta aquí todo correcto. Al final del pequeño set, el público aplaudió y el mozo de cuadras se llevó al caballo hacia el foso.
Los músicos estábamos cerca del pasillo de entrada a la pista, y cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que el caballo se detuvo – obligando al mozo de cuadras a permenecer clavado en el suelo – y entonces se dirigió al palco de los músicos y situó su enorme cabeza frente a mi, permaneciendo quieto durante unos segundos. Recuerdo unos ojos negros enormes, acuosos, clavados a un palmo de mi cara. Y entonces me di cuenta de que el caballo me estaba diciendo: ‘Sé que has sido tú quien tocaba esa música’, y me ilusionó pensar que me estaba dando las gracias, que se había ’sentido bien’ con aquellos acordes. Mentiría si no dijera que esta ha sido una de las experiencias más bonitas de mi historia como músico. Ahora no necesito que nadie me refirme la inteligencia y sensibilidad de los caballos. Lo sé por experiencia propia. Yo sentí ese magnetismo.
