


Ayer por la mañana fui a recoger uno de esos cartuchos recargables de impresora. Ya en la tienda, me enteré de que para fabricar la carcasa, el recipiente, hay que transformar un litro y medio de petróleo. Me pareció una barbaridad; hasta da miedo ponerse a multiplicar.
Un gesto tan cotidiano como hacer nuestras necesidades lleva consigo dos contradicciones, no pequeñas. De un lado nos limpiamos el trasero con celulosa para tirar luego de la cadena, vaciando el depósito de agua potable. Llevando las cosas hasta el último extremo, eso es tanto como degradar el bosque y el agua potable a la categoría de fecales. Eso cada persona, cada día, en cada ciudad, en cada país…

Dicho así, a la pata la llana, cuando uno estrena casa apenas si usa una docena de puntos de consumo eléctrico, de enchufes, hablando claro. A día de hoy, un servidor está usando doce enchufes en un solo despacho. Con el tiempo vamos añadiendo aparatos, luces… más y más consumibles eléctricos quizás sin ser del todo conscientes de lo que representa. Tal y como está planteado nuestro modelo de vida, parecemos condenados a la práctica del vampirismo eléctrico. Y ahora viene la parte menos bonita, porque, por otra parte, nadie quiere centrales nucleares, ni de las otras. Son contaminantes.
La verdad es que no soy muy partidario de este tipo de efemérides oficialistas, el día del padre, el del niño, el de la patata portuguesa o el de la astrofísica mutante, porque vendría a ser como una especie de santoral laico las más de las veces cogido por los pelos. Pero a lo largo de estos días pasados he estado recibiendo muchos correos con el lema ‘El día dela tierra’, con fotos maravillosas o pronósticos catastróficos, esperanzas de un futuro resplandeciente o augurios que ponen los pelos de punta. Y puestos a pensar el asunto desede el fondo, la cosa va siendo cada vez más y más seria. El modelo de crecimiento basado en los criterios industriales aplicados a machamartillo no funciona, está claro. Hay que cambiarlo. Pero la pregunta sería: ¿cómo cambiamos eso…? Si todos queremos de todo, lo más bueno y barato posible y ya somos 6200 millones de personas. Estamos rellenos de contradicciones (un servidor, el primero), y no va a ser fácil.


Algunas personas me tienen por pesimista, sin embargo yo me tengo por realista (al menos eso creo). Y quiero poner un ejemplo ilustrativo sobre algunas de las cosas que me sublevan. No puedo comprender cómo es posible que una compañia petrolífera se atibuya la legitimidad de patrocinar el espacio televisivo de ‘El tiempo’. Una de dos, o yo estoy en Babia, o las imagenes de campos de un verde restallante chocan frontalmente con el primer producto contaminante del planeta. Y al final uno ya casi se acostumbra: PETROL patrocina ‘El tiempo’. Pues vaya, ¡que bien!, y aquí nadie dice nada. Es un insulto mayúsculo a la inteligencia cuando acabas de ver, en la misma cadena, un megapetrolero vertiendo porquería sobre los arrecifes de coral australianos. Olé.
Cada vez creo más en la ecología mental y menos en la ecología de dominical, de supermercado o del banco de turno (por mil puntos una EcoTostadora, ¡toma ya!) La Ecología y la Solidaridad están siendo usadas como zafias moneda de cambio. Pero no se trata de otras mercancías con las que se pueda trapichear. Me temo que el asunto va muy en serio y, al paso que vamos, probablemente dejaremos la patata caliente a nuestros descendientes. Así lo veo yo, ahora.
Quizás sí, quizas soy un poco pesimista. Pero qué le vamos a hacer.