SENCILLEZ Y EFICACIA
El vaso es una forma cóncava pensada para contener. Es una hoquedad física.
Las personas necesitamos el agua para sobrevivir y también los objetos que la contienen, almacenen, etc. De la forma elemental de la vasija surgieron miles de variantes cuyas funciones y aplicaciones iban a acompañar nuestra vida cotidiana durante decenas de milenios. Copas, jarras, ollas, tinajas, braseros, cisternas, silos… y así hasta llegar a los cascos de los barcos o las toberas de las lanzaderas espaciales, la concavidad atrapada ha formado parte de nuestra civilización a lo largo de toda la existencia humana.
Cuando coinciden las ideas de sencillez y eficacia, bajo cualquier forma, tiende a aparecer un sistema muy estable llamado a pervivir en el tiempo, al menos hasta que surja otro en el que mejore – en algún aspecto – el rendimiento final.
Bien mirado, este esquema que proviene de la vida cotidiana no deja de ser una imagen bastante próxima al funcionamiento de las leyes de la naturaleza, ya que la ley más sencilla y eficaz suele ser la que define lo real. Las leyes complejas, enrevesadas, tienden a ser satélites de una idea de fondo muy sólida cuya transparencia proviene de la nítida simplicidad de lo coherente.
Sencillez y eficacia: seguramente gracias a nuestra experiencia, lo cotidiano y lo profundo se dan la mano.
La próxima vez que veas un palo y un tambor, trata de imaginar un sistema equivalente más sencillo y más eficaz.


