E VERO
ANECDOTARIO
Detrás de la historia curiosa o divertida suele haber algún punto en el que dos opuestos coinciden. Aunque no sea siempre necesariamente de ese modo, lo interesante de la anécdota es el choque entre dos realidades que suelen estar, o solemos mantener, alejadas. La anécdota une esos puntos distantes y nos pone a prueba.
Además de estimular la imaginación y el sentido del humor, nos hace ver con frecuencia que somos nosotrosquienes parcelamos la realidad. Y ahí está el reto.

LA FALSA PERCEPCIÓN

Probablemente ya hayas visto en más de una ocasión este tipo de paradojas visuales. Por alguna razón, el gráfico que representa ‘ruedas’ estáticas se pone en movimiento si no fijamos la vista en un punto. Tiene más chispa de lo que parece, porque aunque el sentido común nos dice que las figuras son estáticas, un mecanismo de nuestra percepción interna nos hace ver un sistema de ruedas que giran, es decir, que la percepción de la realidad se falsea espontáneamente.
PREJUICIOS RACIALES AL DESCUBIERTO

Una buena amiga me explicó esta anécdota, en la que que el más descarnado prejuicio racial acabó literalmente demolido.
En un país africano, francófono, se celebraba un congreso al que han sido convocadas muchas lumbreras del conocimiento, del arte, de la ciencia, etc. Si no recuerdo mal, el acto había sido deliberadamente programado en un país africano para compensar el vacío institucional que sufre África, el aislamiento despectivo hacia un continente que parece no contar para nada.
Se había preparado una comida de gala y en el programa de actos figuraba una buena serie de parlamentos, naturalmente llevados a cabo por las figuras de relumbrón que asistían al evento. En una de las mesas había una persona de raza blanca, que no hablaba francés, sentada al lado de un señor negro. El hombre blanco estaba mostrando sin ningun rubor una hostilidad descarada hacia su compañero de mesa, un hombre de color de aspecto serio y un poco retraído. En el momento de servir el primer plato, el señor blanco se dirigió al negro y le dijo
- ¡Bon ñam-ñam, ¿eh? !
- Oui, oui, tres bon, respondió el africano
Luego, al ver que el señor negro bebía un vaso de vino, de nuevo se dirigió a él y le dijo.
- ¡Bon glu-glu, ¿eh?
- Oui, monsieur, tres bon – volvió a responder.
Un poco más tarde, el coordinador de los parlamentos requirió la presencia en el estrado de nuestro ciudadano negro, quien ante la sorpresa del blanco, se levantó de su asiento para tomar la palabra. Resultó haber sido invitado al acto por su condición de mejor poeta africano y naturalmente su discurso fue de una finura y una elegancia infrecuentes. Al acabar su breve discurso, tras ser aclamado con entusiasmo por los comensales, nuestro amigo de color regresó a su lugar. Y antes de tomar asiento, mirando al señor blanco, le dijo:
- Bon bla-bla, ¡¿eh?!
TAN CIERTO COMO EXTRAÑO
Regresábamos de una actuación, muy tarde, como a las tres o las cuatro de la mañana. En el cohe viajábamos cuatro personas, tres músicos y la cantante a quien acompañábamos. Habíamos tocado en un pequeño pueblo de la Tarragona interior montañosa, creo recordar que era Batea.
Las actuaciones de verano cuando la agenda es apretada pueden ser agotadoras, de modo que al darme cuenta de que todos estábamos apunto de ser vencidos por el sueño, con toda la intención, propuse un tema de conversación que pudiera estimular el interés, intentando evitar así la peligrosa modorra que puede acechar al conductor.
Había estado leyendo durante esa semana un libro sobre la crudeza de la batalla del Ebro, de modo que discretamente introduje el tema, poniendo el acento en los datos – tremendos – que recordaba. No es necesario extenderse sobre el tema, lo que ocurrió en el frente del Ebro fue una barbaridad.
Para cuando la conversación comenzó a cobrar un poco de vigor, me di cuenta de que estábamos viajando exactamente a través de los lugares en los que las confrontaciones habían sido más cruentas, y entonces dije algo así como:
- … Mira, justamente lo que estamos comentando ocurrió aquí mismo.
No creo que pasaran dos segundos (en sentido literal) después de pronunciar esas palabras y oimos la explosión de un neumático al tiempo que todo el sistema eléctrico del coche dejó de funcionar. No había luces, el contacto no respondía, nada…
Allí estábamos, en medio de una campo perdido a oscuras, a las tantas de la madrugada, con la fuerte impresión de haber transgredido algo, pues la coincidencia de la ‘explosión’ con la alusión a la brutalidad de los hechos había sido tan precisa que aquello no era normal. El cohe se fundió, literalmente, se quedó clavado al suelo.
En silencio bajamos del coche, cambiamos la rueda, intentamos el contacto de nuevo, el coche funcionó y regresamos a Barcelona. Nadie dijo una palabra en todo el viaje. La cantante era Marina Rossell, el otro guitarrista era Víctor Cortina y creo que el ayudante de la oficina de management se llamaba Jordi.
Nunca como aquella noche he vuelto a tener la impresión – intensísima – de que el silencio está habitado.
¿QUIÉN ES LIBRE?

Andaba por una acera estrecha sobre las ocho de la tarde. La gente salía en tropel de la estación de metro y se dirigía a casa. Hora punta en el barrio.
Unos diez metros por delante de mi noté que la gente, como una fila de hormigas, se cambiaba de acera en bloque . Nunca había visto una cosa así, de esa forma tan ordenada y automática. Al paso de un minuto entendí la razón. La gente, disimuladamente, huía asustada ante la sola presencia de una persona que venía, de frente, y sencillamente caminaba como cualquier otro transeunte. Pero había algo, intangible y fuertísimo, que emanaba de su persona.
Tal y como lo pensé, así lo hice: no voy a huir de él. Enseguida se dio cuenta de que era la única persona que no había esquivado su presencia, y ya le vi venir, directo hacia mi, mirándome a los ojos. Era un hombre de unos treintaicinco años, de aspecto bastante corriente que vestía de un modo informal, sin estridencias ni elementos que pudiesen dar alguna pista visual sobre extravagancias o distorsiones de carácter.
Apenas a medio metro de distancia noté una especie de impacto, como un halo intangible que me envolvía y antes de que pudiese darme cuenta, tras decirme “Oye una cosa”, ya tenía su brazo sobre mi cuello, en un gesto que primero interpreté como hostil, pero enseguida noté que pretendía ser amigable. No lo negaré, me asustó.
Fue su voz, las palabras, el tono y sobretodo esa carraspera casi de caricatura la que me dio finalmente la pista, un segundo antes de que me lo dijera con sus propias palabras: “Primo, es que acabo de salir de la cárcel y tengo que ir a Paseo de Gracia y no sé pa donde ir”. Como si fuese alguien conocido, de toda la vida, y disimulando tan bien como pude la sensación de ‘alerta roja’ le explique rápidamente el camino a seguir. Me lo agradeció y siguió su camino.
Este incidente me dio mucho que pensar. Nosotros, los normales, percibimos en una persona que había recuperado la libertad una alegría expansiva de una potencia enorme, que auyentaba literalmente a la gente, de puro desconcierto. Esa persona había recuperado, de un día para otro, lo que todos nosotros tenemos cada día. Y la alegría del disfrute del sentido de la libretad, entre cientos de personas, sólo la manifestó alguien que acababa de estar preso.
Me sentí como un borrego, estúpido, caprichoso y quejica, mientras le veía caminar calle abajo. Y la gente seguía huyendo de él, alarmada, ante la presencia de un fuerte impacto que les desconcertaba: el puro disfrute de la libertad.
Meses más tarde escuché en la televisión la entrevista a una juez. El entrevistador preguntó a la magistrada si había algo que envidiaba de los delincuentes a quienes, por ley, tenía que condenar. No recuerdo las palabras exactas, pero me sorprendió mucho su respuesta porque venía a ser: “Envidio su sentido de la libertad”
