DE KIRCHNER A VARGAS
UNA HISTORIA APRESURADA DEL PINUP
Raphael Kirchner nace en Viena a finales del diecinueve, en 1876. Ya desde muy joven, destaca entre sus compañeros por su talento natural para el dibujo. Se matricula en la escuela nacional de bellas artes y allí acaba sus estudios. Posteriormente se traslada al París de principios de siglo, donde frecuenta los ambientes más bohemios, tan de moda en esa época. Se gana la vida dibujando postales, desde las más neutras y formales hasta las más atrevidas, aquellas que reflejan fielmente la noche parisina de la época.
Como excelente ilustrador que es, la revista ‘La vie parisienne’ le contrata, convirtiéndose muy rápidamente en un colaborador imprescindible. Los dibujos modernistas de Kirchner son irrenunciables para entender la época, su influjo durante las primeras décadas del siglo XX sobre aquel naciente hervidero artístico.
Con la llegada de la primera gran guerra (1914 – 1917), las postales de amigos y familiares enviadas a los soldados del frente se hicieron más y más frecuentes. Madres, esposas y hermanas solían enviar postales con motivos florales y leyendas de lo más cálido. Pero padres, hermanos y amigos enviaban postales un poco más que cálidas, hasta tórridas, a sus parientes-soldados del frente de batalla. Eran postales de Kirchner.
Un joven peruano llamado Alberto Vargas está trabajando en el taller de fotografía de su padre. Como las fotos en color todavía no existen, Vargas se especializa en el uso del todavía primitivo aerógrafo, coloreando las imágenes de los clientes del estudio de su padre – Max Vargas – siempre encantados con el resultado del buen trabajo de aquel jovenzuelo. Es delicado, cuidadoso y paciente. Con el tiempo, cada vez muestra más interés por el dibujo que por el aerógrafo.
El viaje a París de los Vargas, padre e hijo (1911), marcará por completo al joven artista, quien, tras contemplar los trabajos de Kirchner quedará absolutamente hipnotizado. Le fascina la delicadeza del trazo y la ingenuidad – no siempre tan clara como pueda parecer – de la composición en los trabajos del maestro austríaco.
Poco después, Alberto Vargas se traslada a los Estados Unidos. Ya en Nueva York, se fascina por la megalópolis donde todo puede ocurrir y todo ocurre. Sin dinero, sin medios, vaga por las calles absorbiéndolo todo, atrapado por el bullicio y la intensidad del instante de la ciudad que nunca duerme. Un día, en la puerta de un teatro, ve entrar a una joven pelirroja: le paraliza el alma. El portero del teatro le dice que si quiere ver a aquella joven, o paga la entrada, o no hay más que hablar. Espera a que la joven salga del teatro y le pide, con toda humildad, que se deje retratar por él. Es un artista recién llegado; no tiene dinero y no puede pagarle una sesión como modelo. La joven, Anna Mae Cliff, accede. Será su esposa el resto de sus días.
A través de Anna Mae llegaron los excelentes primeros trabajos de Vargas, encargados por las actrices del teatro donde trabaja su compañera. Acumula cada vez más prestigio. Y llega el momento en que el matrimonio se traslada a Hollywood, la cuna del cine. La Twentieth Century Fox le contrata para que lleve a cabo retratos de sus actrices más internacionales: Marlene Dietrich, Greta Garbo y Dorothy Lamour, entre otras. Vargas se convierte en un icono del retrato y el dibujo femeninos. Y seguirá siéndolo hasta el resto de sus días.
Dos referentes encadenados de la aparición del pinup que cumplirá, por ahora, sus cien años de historia.

