EL CAFÉ Y EL AZAR
Hasta donde está documentado, el primer animal que comió granos de café fue una cabra. En Anatolia, un pastor se extrañó del estado de excitación de su rebaño tras ver cómo sus animales daban buena cuenta de los frutos de un cafetal. Sorprendido ante la reacción, tomó un buen puñado de granos de café y los llevó a un monasterio cercano con la intención de mostrarlo a unos monjes versados en plantas e infusiones. Se hizo la infusión. Y resultó ser insoportable, amarga, imbebible, hasta el punto que uno de los monjes, contrariado, lanzó al fuego todo el brebaje, granos de café incluidos.
Al paso de un rato, la estancia se llenó de un olor agradable, dulce y aromático. Los azúcares que contiene el café se caramelizaron con el calor, de forma que los centenares de alcaloides que también contenía el grano – aunque en pequeñas cantidades – quedaron enmascarados. De ese modo tan poco ortodoxo nació la torrefacción y, naturalmente, tras la moltura y la cocción, aquellos monjes degustaron las primeras tazas de café de la historia. Actualmente, el volumen de mercado del café es solo superado por el negocio del petróleo.
Si el monje no hubiera echado el brebaje al fuego, ¿quién sabe…?
