EL ‘NO TIEMPO’
Como una entidad absoluta, como magnitud en si misma, el tiempo no es real. Su existencia depende de la materia, del espacio, del movimiento y de un ser consciente del cambio.
Podemos comprar dos quilos de mármol, es materia, rotunda e indiscutible. Podemos también medir la distancia entre la tierra y la luna o las dimensiones de nuestra cocina (espacio). El espacio es real, es el soporte del movimiento, del cambio. La materia en movimiento genera el cambio. Nuestros sentidos perciben esos cambios e inconscientemente construimos un contínuo temporal que es la manifestación de los acontecimientos. Puesto que todos los fenómenos físicos están sujetos al cambio, asociamos el cambio con esa magnitud que hemos dado en llamar tiempo. Pero esta percepción es engañosa.
El mecanismo psicológico que nos hace percibir la sensación del transcurso del tiempo surge de la evidencia ante la transformación, interna y externa, de la propia y de la que nos es ajena. El ser humano, entendido como radar sensorial, vive permanentemente en la conciencia del cambio y esa sensación se retroalimenta constantemente porque nada en la naturaleza permanece inmutable. Pero una cosa es la conciencia del cambio (realidad subjetiva) y otra muy distinta la existencia de una magnitud real, absoluta, a la que otorgamos entidad propia y llamamos tiempo (realidad objetiva).
Como seres reales y singulares que somos, necesitamos referentes para comprender el mundo. Cuantificamos y categorizamos los fenómenos para desentrañar la coherencia interna de las leyes que sustentan el tejido sutil de la naturaleza, que no solo hace posible, sino que perpetúa nuestro contínuo vital.
Hemos decidido que un metro ha de contener cien centímetros. Es una convención, un patrón, ya que un metro podría contener 183 ó 27 centímetros, si todos lo aceptásemos como medida universal. También la esfera de un reloj nos sirve para orientarnos y sus fracciones – en horas, minutos y segundos – son arbitrarias, si bien guardan una relación con los ciclos naturales. Si las esferas de los relojes estuviesen divididas en 19 fracciones todos nos ajustaríamos a ese patrón, ya que el día estaría dividido, para todos, en un mismo número de horas.
CABALGANDO SOBRE EL SECUNDERO
Imaginemos que estamos observando el reloj de un campanario. La sola observación ya implica la aceptación de una dimensión – un tiempo total y real – que lo abarca todo: existe más allá y a pesar de nosotros mismos. Aunque es infrecuente, imaginemos que nuestro reloj del campanario contiene un secundero.
La percepción más primaria nos avisa de que estamos observando un ‘testigo’ cuya misión es informarnos sobre el registro del tiempo absoluto en ese lugar: qué hora es, en qué segundo estamos. Nos concentramos y pensamos interiormente: “el secundero está mostrando el transcurso de los segundos. Uno tras de otro, se van sucediendo, acumulando. Esto es el paso del tiempo” ¿Es el paso del tiempo?
Si estoy vivo y percibo la sensación de vida como el instante permanentemente activo, entonces el reloj y yo hemos de compartir el instante, porque no puede haber dos tiempos distintos. Puesto que mi sensación de vivencia es contínua, aquello que me identifica radicalmente con el reloj es el secundero, el instante vivo: el contínuo de mi existencia cabalga sobre la aguja del secundero, y siento que los dos somos uno y lo mismo.
Por tanto, si el tiempo como magnitud absoluta no existe, en realidad el secundero está siempre parado, de modo que la única forma de conciliar la coherencia del movimiento universal con el no-tiempo pasa por aceptar que todo se mueve en torno al secundero. El mecanismo del reloj sigue funcionando como siempre, solo que en realidad está moviendo el universo entero, desde ese lugar. La paradoja viene a ser que, sea cual fuere el punto del universo que elijamos para situar el secundero inmóvil, el universo seguirá moviendose en torno a ese punto.
