¿PARA QUÉ SIRVE LA MÚSICA?

Estoy leyendo dos libros a la vez, distintos, pero de alguna forma complementarios. Uno es ‘Musicofilia’, de Oliver Sacks y el otro ‘La música y la mente’, de Anthony Starr. Como músico siempre me ha interesado el hecho musical, el fenómeno, y más concretamente esa especie de ‘sensación de plenitud’ que a uno le colma cuando escucha una música que le gusta, que le atrae o simplemente, que le hace la vida un poco más llevadera en los momentos poco fáciles.
Es curioso, pero tanto Starr como Sacks abordan directamente el tema partiendo de la misma idea: desde el punto de vista biológico, de la pura supervivencia, la música no sirve para nada. Y bien pensado hay mucha verdad en esa afirmación, ya que no necesitamos la música como necesitamos el agua, los nutrientes o los minerales; podríamos sobrevivir perfectamente sin la música. Sin embargo todas las culturas de todos los pueblos, ya sean arcaicas, remotas o contemporáneas han desarrollado espontáneamente formas de expresión musical propias. Con un sentido u otro, mágicas, rituales, iniciáticas, sociales, religiosas, festivas, etc., pero músicas ‘humanas’ finalmente.
No puede ser casual: es descubierta una nueva tribu en pleno corazón de la Amazonia e inmediatamente aparecen las ceremonias, impensables sin la música (lo más frecuente, ritmo y melodía como soporte de una danza que forma parte de un ‘algo’ importante para el grupo). Hasta donde he conseguido averiguar, no existe una sola cultura que desconozca o ignore la música. Y eso significa que algo dentro de nosotros la crea, la exterioriza y la socializa. En mayor o menor medida los humanos somos seres musicales.
Los tres elementos fundamentales de la música son el ritmo, la melodía y la armonía. Personalmente, creo que en la evolución del desarrollo musical aparecieron en este orden, por pura lógica. Los ciclos naturales, el goteo de la lluvia al caer, un tronco que queda anclado en un estanque a merced de la corriente, etc…, generan secuencias de ritmo, pautas sonoras espontáneas que atraen la atención porque el oído las percibe como batidos regulares en el tiempo. Por otro lado, los trabajos que requieren una secuencia de movimiento repetitiva son siempre más rentables – desde el punto de vista del rendimiento del esfuerzo – si se realizan siguiendo pautas rítmicas (golpear, lijar, serrar, o simplemente algo tan cotidiano como rascarse). El gesto repetitivo, si es rítmico, optimiza la energía invertida. Probablemente muchos de los ritmos arcaicos surgieron del campo sonoro generado por el trabajo.
Podríamos imaginar una situación en la que un grupo de humanos primitivos está fabricando útiles de piedra. Varios sonidos cíclicos se superponen en un conglomerado disperso, sin continuidad rítmica; pero en un momento determinado dos secuencias de ritmo se complementan, encajan formando un patrón complejo que atrapa enseguida la atención de los picapedreros. El ritmo no es otra cosa que la división del tiempo en fracciones exactas, siguiendo pautas lógicas que nuestra intuición reconoce enseguida como relacionadas. Pero si ocurre de este modo es porque algo en nuestro interior, un mecanismo biológicamente atento y activo, está preparado para reconocer el mensaje. De no ser así seríamos inmunes a los efectos del ritmo, como seríamos incapaces de expresarlo. La ceguera rítmica nos impediría, por ejemplo, el baile.
La melodía en su estado natural más primario es el canto de los pájaros. Se me hace difícil imaginar la evolución, en los humanos, de la complejidad que comporta la organización de los sonidos en un todo continuo, con sentido por sí mismo. Desde el sonido gutural ritmado hasta la línea melódica clara, definida y deliberadamente expresiva, pueden haber transcurrido miles de años, aunque no estoy cualificado para opinar sobre esto. Lo que si parece claro es que las comunidades más primitivas utilizan patrones melódicos repetitivos, sencillos, basados en sonidos fundamentales de la escala usando a menudo notas, intervalos, próximos a la tónica. De ahí a la escala temperada hay un trecho muy largo que recorrer, y seguramente la inclusión de los semitonos Mi-Fa, Si-Do en nuestra escala occidental está mucho más cercana en el tiempo de lo que podamos imaginar. Si como humanos tenemos una edad aproximada de unos treintamil años, la aparición de la melodía, tal y como la entendemos ahora, debe haber sido una adquisición bastante reciente.
Y finalmente la armonía, el tercer elemento esencial – y más reciente – de la música, que rompe con la monotonía de la melodía plana, permitiendo la entrada de ‘aire musical fresco’ en el discurso. Con la aparición de la armonía se hace posible la creación del paisaje, de la atmósfera sonora, y gracias a ella los recursos musicales se potencian. La misma nota melódica sobre un fondo armónico cambiante adquiere nuevos significados; para mí se trata de uno de los logros de la condición humana, ya que un solo elemento sonoro puede llegar a transmitir una cantidad enorme de matices. Al llevar esta idea al extremo, a una gran orquesta con múltiples fuentes simultáneas de sonido, las posibilidades son extraordinariamente grandes, y desde este punto se entra en lo que podríamos llamar lo musicalmente ‘contemporáneo’, aunque ‘eso’ tenga solo unos cuatro siglos de antigüedad, si es que llega.
Imaginemos por un momento cómo debía ser el paisaje sonoro de un humano hace treintamil años. Un caos desordenado de fuentes sonoras que provenían del medio natural, un cúmulo de sonidos – de frecuencias – que abarcaban desde el sordo y profundo temblor de tierra hasta el zumbar de las cigarras, pasando por el rayo y el canto del gallo (si es que los había). Treinta milenios después, hemos organizado la música en bloques ordenados de sonido – en rangos de vibraciones – por instrumentos, que tienen una función específica y clara. Una coral, una banda de rock, un cuarteo de cuerda y una orquesta sinfónica son el resultado de una organización lógica que maneja ordenada y creativamente los espectros de frecuencias que cada instrumento puede producir. Cada una de estas formaciones musicales maneja timbres, tonos y matices dentro del rango físico que le corresponde. Pero todas ellas usan el material más primario del sonido: las frecuencias que emite la materia vibrante del instrumento. Todos los músicos sabemos que al sonar varios instrumentos simultáneamente se produce un efecto físico de concordancia que estimula, provoca la aparición espontánea de una nube de frecuencias asociadas, de armónicos, que surgen por simpatía, generados por la suma de las frecuencias simultáneas ‘sin que ningún músico las toque físicamente’.
Cualquier persona que haya tocado en un grupo, no importa si es una orquesta sinfónica o un sencillo trío, conoce bien esa sensación interior que le está diciendo: ‘ahora sí, esto es un todo compacto que existe por si mismo’; en ese momento los tres factores esenciales de la música han cobrado vida: el ritmo, la melodía y la armonía son una misma cosa, y la sincronía entre estos tres elementos ha acabado conformando un bloque sonoro sólido, compacto, que transmite un mensaje directo y clarísimo cuyo contenido e intencionalidad no admiten dudas.
Hasta hace poco tiempo, un servidor pensaba que la apreciación, el disfrute de la música se debía principalmente a dos factores. Uno era la sensibilidad individual – no todo el mundo es sensible de igual modo a la música, como no lo es a la pintura, etc – y el otro el entorno cultural de cada cual – raramente una persona amante de la música balinesa puede disfrutar, a la primera escucha, con Mahler, por ejemplo – Pero últimamente algunas lecturas recientes me han llevado a considerar muy seriamente otra posibilidad: la del oyente-materia. Quizás de una forma ingénua, a lo largo de años he estado anclado en la idea de que la música era solo una cuestión de oído. Pero la experiencia me dice que alguna gente que he conocido, no solo no tenía oído musical, sino que sus dotes naturales para la música eran prácticamente nulas. Y sin embargo he podido ver con mis propios ojos como esas personas disfrutaban de la música como el que más. No es solo una cuestión de oído, hay algo más, aunque yo no pueda definirlo con precisión.
Creo que está claro que a lo largo de una evolución de milenios hemos acabado desarrollando un mecanismo interno – muy refinado y complejísimo – que hace posible el disfrute de la música. Como lenguaje, puede llegar a ser extremadamente escurridizo, difícil de manejar y – aún más – de expresar. Y sin embargo, siempre me ha sorprendido ese sexto sentido, esa facultad que permite a una persona con poca – o nula – formación musical detectar muy rápidamente la ‘verdad musical’, por decirlo de una manera rápida. Algo ocurre que va ‘más allá’.
Como consecuencia de las lecturas que me han atrapado últimamente, y aunque quizás este sea un atrevimiento por mi parte, estoy pensando en la posibilidad de que las frecuencias – y sus múltiplos – hagan vibrar nuestra materia – no en sentido metafórico, sino literal – con un refinamiento y una profundidad tales que ni tan siquiera podemos llegar a imaginar. El sonido es una forma de energía, son vibraciones concordantes que a su vez producen vibraciones, que a su vez… y cada vez son más altas, más penetrantes… Que no podamos oir algunas de esas frecuencias, más graves o más agudas, no significa que no existan, y bien podríamos percibirlas ‘de otra forma’ ya que somos materia vibrante, como todo lo que existe. A estas alturas no creo que nadie con buen sentido pueda negar que las personas somos capaces de captar energías muy sutiles, aunque de momento, por no tener, ni siquiera tienen nombre. A eso me refiero, a un mecanismo interno capaz de detectar hasta las sutilezas más inimaginables. Quizás me equivoque, pero la diferencia entre escuchar, oír música y ‘sentir’ la música ha de tener una explicación. Hay algo más – me temo que mucho más – de por medio. No me refiero a la evocación que proviene de la memoria, de lo que ‘ya sé que me gusta’, me refiero a algo que no has escuchado nunca y te deja de una pieza la primera vez que lo oyes.
Yo no tengo una respuesta clara a la pregunta ¿para qué sirve la música?, pero si sé para que me sirve a mí. ¡Y vaya si me sirve!