Rafa Zaragoza - guitarrista

Rafa Zaragoza - foto

Djive Babe I cave

NEANDER

4/ 09/ 2011Rafa Zaragoza

EL TÍO NEANDER ERA MÚSICO

neandertal1

Si las cosas son como parece que son, estamos por aquí dando la lata desde hace unos cuarentamil años. Me cuesta un poco aceptar eso de homo sapiens, porque a medida que han transcurrido los dos últimos siglos hemos ido dándonos cuenta de que lo de sapiens esta aún por ver.

¿Pueden ustedes imaginar qué música hacíamos hace 600 siglos? ¿Qué tipo de expresión, equilibrio o sintaxis musicales éramos capaces de elaborar mientras un felino de noventa quilos nos pisaba los talones? Una maravilla, seguro…

El canto de los pájaros, el aullido del viento desmelenado y alguna que otra fuerza de la naturaleza debieron ser nuestros primeros referentes musicales. La música todavía no habitaba en nuestras cabezas.
EMPLAZAMIENTO CUEVA DJIVE

Imaginen a un Neanderthal en la boca de su cueva, soplando una flautilla rudimentaria fabricada con un hueso de oso (esa flauta, esa reliquia varias veces diezmilenaria, existe, es real). Y ya puestos a fabular, fabulemos.

Neander desciende por la ladera con su flauta soplando una y otra vez, atrapado por el descubrimiento de un nuevo sonido. Su mente, curiosa, le permite deducir que tapando todos los orificios de la flauta consigue un sonido más grave; al dejarlos libres aparece el sonido más agudo. Ha comprendido un mecanismo básico y comienza a exlorarlo. Aunque no lo sabe a ciencia cierta, intuye de forma difusa que es el principio del principio de un nuevo lenguaje que (eso no lo intuye) tardará milenios en cobrar formas ricas y complejas. Se siente atraído por el sonido que alimenta la idea. Es músico, quizás el primero.

El chamán, más listo que sabio, enseguida se da cuenta del poder de atracción de la flauta en combinación con el ritmo. Rápidamente se incorporan los sonidos ordenados al ritual de forma que el todo resulte más rico y homogéneo: el ritmo repetitivo potenciado por la melodía es hipnótico, ¿qué más puede desear un chamán? Acaba de nacer la primera instrumentalización del lenguaje musical al servicio de la expresión colectiva.

Pero a Neander le gusta el instrumento, los sonidos, las melodías sencillas, más allá del polvoriento y sudoríparo vértigo del ritual. Puesto que busca, experimenta, practica y dedica tiempo a su interés naciente – eso no lo ha hecho nunca nadie – se gana la fama de raro entre los miembros de la comunidad. Nada extraño, sigue siendo así 60.000 años después. Los músicos somos raros.

Un día aparece de pronto un familiar lejano. Proviene de las remotas tierras del Monte Santo. Cada diez o doce lunas enteras llega cargado de útiles de sílex: puntas de flecha, hachas, cuchillos, rascadores para despellejar la caza, etc… A cambio Neander le entrega pieles, pezuñas de jabalí y hierbas para sanar, hablar con los árboles y ver colores. Esa flauta primeriza acabará en un poblado remoto. Pero Neander ya ha encontrado una tibia de roedor rectilínea y homogénea, perfecta para fabricar su nueva flauta. Y ya sabe distribuir los orificios de forma equilibrada.

flauta_divje_babe

A los miembros del clan familiar el nuevo sonido les resulta extraño y despierta en ellos una resonancia interior desconocida, una sensación como de alegría sin causa que les resulta imposible descifrar. Con la práctica, Neander ha conseguido extraer de su flauta de hueso un sonido melodioso, notas mantenidas que resultan atrayentes, placenteras al oído, lejos ya de los primeros sonidos estridentes e inconexos. Nunca se ha escuchado una sola nota producida por un instrumento artificial, así que poco a poco, los miembros del clan comienzan a formar corrillo mientras él practica. Una nueva sensación de respeto y aprecio se crea en torno a un hombre de Neanderthal esloveno que vivió en la cueva Djive Babe I, durante el Paleolítico superior.

Un día el chamán, celoso ante el poder de atracción de las melodías, exige a Neander que se someta a su autoridad, puesto que en realidad – afirma – la música que surge de la flauta es la expresión de los espíritus, y el mundo de los espíritus es cosa suya.

Hasta donde hemos podido llegar a descubrir, durante 60.000 años se ha instrumentalizado la música al servició de cualquier forma de poder, manifestación social o interés crematístico. No obstante, afortunadamente, millones de personas en este mundo aman la música por sí misma: porque aman la música. Todos ellos, entre los que me incluyo, descendemos del tío Neander, aquel que un día fabricó una flauta de hueso aún sabiendo que eso no servía para nada.