
En algún lugar escuhé que mucho tiempo atrás, por causa de un colosal desastre natural, se había extinguido un porcentaje inmenso de la fauna del planeta. Con el tiempo las cosas volvieron a la normalidad y el propio discurrir de las leyes naturales condujo a una nueva situación en la que otras especies, ahora nuevas, ocuparon el lugar de aquellas que se habían extinguido.
La idea me sorprendió, porque un par de días antes había estado viendo un reprortaje en el que se hacía un seguimiento del anillado de unas aves que vivían en un humedal. En dos palabras, cada ejemplar estaba matriculado y tanto su identificación como su seguimiento constaban en un registro en el que, al parecer, se hacían seguimientos estrictos.
No es por desdeñar la labor de quienes se deican a esto, admirable por otro lado, entre otras cosas porque esos trabajos tienen mucho de vocacional y exigen un esfuerzo generalmente poco reconocido. Pero no estoy demasiado de acuerdo con esta forma de entender el conservacionismo.
Si el agua, el aire y la tierra están limpios, la naturaleza hará el resto. Siempre ha sido así. O dicho de otro modo, sinceramente no creo que sirva de mucho anillar aves o poner transmisores a los osos si el medio ambiente se degrada al ritmo que estamos viendo.
Y ¿hasta que punto no estamos intentando que se perpetúen seres que coexisten en el tiempo con nuestra propia vida? ¿No hay una pizca de vanidad egocéntrica en esto? Porque, si el medio ambiente está en condiciones, ¿cómo serán los animales dentro de tres mil años…? ¿y de treinta mil? Si es que segumos por aquí, seguramente no tendrán nada que ver con la fauna del siglo XXI. Nuevos mecanismos de adaptación generarán especies que probablemente no podemos ni imaginar. Al menos el sentido común y la Paleontología parecen indicar que bien podría ser de ese modo.
Anillar patitos mientras seguimos produciendo porquería, de verdad, ¿sirve de algo?